30 de noviembre de 2009

La espiritualidad desde la relación entre la ciencia y la mística

La espiritualidad desde la relación entre la ciencia y la mística

La dualidad se manifiesta en todos los tiempos.
Espíritu y materia son dos antagónicos que han coexistido mezclados y enzarzados en lucha, también han convivido armónicamente combinados, y tanto separados o unidos, permanecen siempre.

Si la parte espiritual se separa de la material, se manifiesta como creencia, y si consideramos a la parte material aislada, da lugar a la experimentación y a todo lo empírico.

Cuando la creencia y la experiencia se han combinado, han gestado hipótesis posibles que constituyen la base de la magia creadora de formas, bien sea como ideas, sentimientos o actos, lo que equivale a afirmar que se ha creado algo nuevo, mediante el mecanismo de propósito y realización.

Una propuesta imposible queda como creencia, y una realización sin propósito paraliza el propio proceso evolutivo, porque ambos manifiestan cierto grado de inconsciencia.

Tanto los científicos como los místicos, mantienen dos criterios diferenciados.
Un sector científico piensa que es capaz de explicar totalmente las leyes universales, por lo que experimentan una tendencia hacia la experiencia física, en el intento de deducir esa ley regente del propio cosmos.

Paralelamente, un sector místico se aventura en afirmaciones acerca del origen cósmico y de su destino, debidas a presuntas cualidades clarividentes de alguien que, de manera análoga en la mayoría de estos personajes, comunica su verdad como la más verdadera de todas.

Otro sector de la mística realiza su propia autocrítica e intenta responder por qué, penetrando en los territorios científicos, al intentar racionalizar su creencia.

Asimismo, la ciencia construye teorías acerca de las leyes universales que, en forma de hipótesis, explican y permiten comprender una parte de aquello que tan solo puede sustentarse por la fe.
También el científico irrumpe en los dominios de la mística, cuando afirma la existencia de un agente que no es captado por la investigación racional y empírica, se trata de un elemento metafísico y sobrenatural, al que se intuye colaborando complementariamente con la acción del hombre, para que el mundo objetivo sea tal cual es.

De esta manera, el místico y el científico actuales pisan un terreno común, en el que la acción se torna racional para el místico e irracional para el científico, manifestándose en dos cualidades compartidas por ambos, que son la comprensión y la lógica.

Acabamos de contemplar nuestra propia dualidad actual y podemos observar que ha permanecido así en nuestros antepasados, de la misma manera que lo hace en nuestro presente.
A esta dualidad la hemos definido de múltiples maneras, tales como espíritu y materia, dios y el demonio, el bien y el mal, Fohat y Kundalini, Buda y Cristo, o polaridad positiva y negativa.

¿Existiría el espíritu sin la materia? ¿acaso no resulta más interesante el posible contacto entre las dos polaridades?

Si la ciencia se corresponde con la realización material, o polaridad negativa, y si la creencia tiene su correspondencia con una hipótesis, con una proposición o polaridad positiva, ¿no se hace la luz cuando entran en contacto ambas polaridades?

El hombre está constituido por átomos y estos por elementos eléctricos diferenciados, tales como los protones y los electrones, por lo que ambas polaridades están integradas en nuestras propias estructuras humanas, así que somos duales, como los elementos que nos confieren forma material y, también, como nuestra propia historia.

Cualquier acción humana, pensando, sintiendo o actuando, constituye un movimiento de estas cargas eléctricas que producen un resultado, tal como que opinemos, critiquemos, reaccionemos a favor o en contra de lo que observamos, o cuando imitamos. El resultado de estos movimientos es el magnetismo que ha producido una acción individual y que induce a que los demás también actúen.

¿Cuál es la característica externa de las entidades Buda y Cristo?, precisamente el movimiento, la acción, pues el Buda desciende, porque la energía espiritual de la voluntad contacta con la materia, y el Cristo asciende, porque la perfección de lo realizado en la materia, se equipara a la intensidad de su propósito inmaterial.

La ciencia nos enseña que toda carga eléctrica en movimiento, y el hombre lo es, genera un campo magnético.

Miguel Faraday afirmó que un campo magnético cambiante genera a otro eléctrico, y Maxwell lo completó diciendo que todo campo eléctrico variable genera a otro magnético.

Es decir, que toda acción humana consume electricidad y genera magnetismo, cuyas características son la atracción y la repulsión, de ahí el afecto y el odio, y este magnetismo generará a su vez otra acción que consumirá otra energía eléctrica y así sucesivamente, constituyendo una cadena con infinitos eslabones que se prolonga en todos los planos y reinos, tanto hacia los superiores como hacia los inferiores.

Cuando imitamos, porque no hemos decidido por nosotros mismos, nos dejamos influir por los campos magnéticos existentes en nuestro inmediato alrededor, y vivimos de un impulso que, o nos atrae o nos repele.

Sin embargo, cuando vivimos por decisión propia, por lo tanto conscientes, generamos nuestro propio campo eléctrico, aquello a lo que llamamos voluntad, que constituirá nuestro propio campo magnético cuando realicemos aquella voluntad, de tal manera, que ambos campos de fuerza son nuestros, y se han generado por nuestras propias estructuras.
Ahora podemos hablar de luz y de equilibrio, por lo tanto de la paz y de la fraternidad.

Esta afirmación podría ser la base de una creencia, si no fuese por la existencia de un hecho científico que la avala: las radiaciones alfa y beta son desviadas por los campos magnéticos, mientras que ningún magnetismo, por intenso que sea, desvía a la radiación gamma, porque se ha producido el perfecto equilibrio entre las polaridades positiva, o radiación alfa, y negativa o radiación beta, de ahí la importancia de la determinación y realización individuales, aunque se produzca en pequeños actos individuales, carentes de relevancia social.

Por aclarar nuestra correspondencia, diremos que la radiación alfa es a una hipótesis, que se torna en creencia si es imposible su realización, como la beta es a la ejecución de lo propuesto, que será un acto inconsciente cuando carezca de intención propia, así como la gamma se corresponde con aquel propósito individual realizado por las estructuras del propio individuo, sin exigir la concurrencia de otras personas, radiación en la que el equilibrio entre polaridades es perfecto.

Parece que una acción se completa cuando viene precedida de la decisión de ejecutarla y de su efectiva realización.
Si faltase uno de estos elementos, la acción resulta incompleta y ante ello, observamos dos hechos científicos.

Uno es, que el núcleo de un átomo es quien escribe el guión.

El otro es, que son los electrones quienes lo ejecutan, es decir, sin núcleo no hay guión, sin guión no hay átomo y sin átomos no hay materia en la que se manifieste el espíritu, por lo que falta una de las dos polaridades y ha de consumir tiempo hasta que se forme.

Por lo tanto, toda acción sin haberla decidido, de la misma manera que toda realización en la materia, careciendo de intención propia, resultan incompletas.

La intensidad y potencia de una decisión, o polaridad positiva, han de igualarse a las de su realización, o polaridad negativa, ya que, si predomina la decisión, es porque una parte de la misma es imposible de realizar por el propio individuo, y ha de recurrir a los demás para que ejecuten aquello de lo que es incapaz, y si predomina la realización, es porque una parte de ella carece de propósito propio, y ha de adueñarse de otro ajeno.

A la energía que subyace en una proposición propia la denominamos voluntad o energía espiritual, porque todavía es inmaterial, y cuando la propuesta se ejecuta, lo hace a través de la materia.
Si la energía consumida por la materia equivale a la de la proposición, la voluntad y su realización se han combinado perfectamente, la radiación alfa equivale a la beta y nace la gamma, es decir, la luz, Fohat y Kundalini se fusionan generando el Fuego Solar, Buda y Cristo existen en el interior del propio individuo humano, y su combinación genera ese fenómeno místico e individual, al que denominamos antakarana, alma o conciencia, cuyo símbolo es la luz producida por el contacto entre polaridades en equilibrio.

Acerca de las energías espiritual y material, deberíamos precisar dos detalles que, para su comprensión, utilizaremos la analogía con el imán.
Un imán se forma por el contacto de una corriente eléctrica sobre un metal conductor.

El primero de los detalles es, que las cargas atómicas se separan, distribuyéndose a cada uno de los extremos del cuerpo del metal conductor, constituyendo los polos positivo y negativo del imán.

El segundo es que se establece una relación dual entre las polaridades, una por el exterior del cuerpo del metal, es la que va desde la positiva hacia la negativa, se corresponde con la intención humana todavía inmaterial, es el Buda individual o la energía de la voluntad humana.
La otra circula por el interior del cuerpo metálico, desde el polo negativo hacia el positivo.
Esta relación culmina cuando se ha ejecutado totalmente una propuesta, cuyo símbolo es el Cristo individual, la energía de lo realizado, es la expresión mística de que el fuego de la materia se ha combinado con el fuego del espíritu, y se hace la luz.

Si el hombre tiende a espiritualizarse, es porque progresivamente adquirirá mayor potencial positivo o voluntad, hasta que llegue a convertirse totalmente en espíritu, es decir, totalmente positivo, y en ese caso, ¿quién ostentará la polaridad negativa?
Quizás sea ese agente metafísico al que aluden los mismos científicos y que ya, algunos de ellos, han afirmado que se trata del ángel.

Ante estas dos energías, la de la voluntad espiritual y la de su realización material ¿cuál de ellas ha de actuar en primer lugar?
De la misma manera que no existe un átomo sin que se haya formado su núcleo previamente, tampoco se manifiesta una realización material sin la previa existencia de su propósito, así pues, parece ser que la primera en existir ha de ser la voluntad o polaridad positiva, y la negativa es la añadidura, como el orbital de electrones en cualquier átomo.
Por lo tanto, el hombre es quien mueve ficha primero y detrás, quizá lo haga el ángel.

Esta afirmación no es gratuita, tiene su justificación posible en un hecho científico. Cuando se aísla un protón en el laboratorio, sin poder predecirlo ni existir la posibilidad de controlarlo, aparece un electrón para formar un átomo, y así se crea materia artificial por la ciencia, pero primero ha tenido que existir un protón para que se cree materia.

Cuando un átomo es observado o medido, se mueve de forma completamente distinta a cuando no se le observa.
Muchos científicos actuales aluden a la mente humana como la causante de esta perturbación, y entre ellos se encuentran premios Nóbel.
De hecho, el electrón ha de dar dos vueltas alrededor del núcleo atómico para completar una sola órbita, en la primera vuelta es como si absorbiera el espacio a su alrededor para recoger información, y en la segunda se adapta.
Tal como se forma un silogismo en filosofía, en la primera premisa se define a lo abstracto, y en la segunda a lo concreto, para, en la conclusión, establecer el camino desde lo abstracto hasta lo concreto, eso a lo que denominamos comprensión lógica, base de todo conocimiento fundamentado, al que místicamente, también le damos nombre, es el de conciencia.
Es el efecto de la intención humana, en forma de creencia individual, que la protagoniza el científico al observar una estructura material, siendo esta observación su parte empírica o materialista.
Y las dos forman parte de un mismo todo, y el intento de separarlo no es relevante, pues no es más que ignorancia.

Afirman los científicos que la teoría cuántica no tendría sentido sin la intención del observador, de tal manera que cada observación constituye una acción humana, y produce una apreciable transformación respecto de la estructura física original.
Todo ello permite afirmar dos postulados: uno es que el hombre tiene un lugar en el proceso evolutivo y en la construcción del Universo. El otro es que existe otro agente metafísico, que, de la misma manera que el electrón lo hace respecto del protón, actúa conjuntamente con el hombre, y cuyo resultado es el mundo objetivo que percibimos, y en el que tenemos el ser.


De manera análoga, cuando el hombre diseña su propia proposición crea un núcleo de protones, y de una forma todavía no controlada científicamente, aunque admitida y experimentada, aparecerán los correspondientes electrones que, al combinarse con los protones formarán átomos, y la agrupación atómica forma el mundo objetivo que percibimos.

¿Qué agente es el que propicia la concurrencia de los electrones, para formar átomos junto con los protones que haya generado el hombre?
Esta pregunta se refiere a ese elemento metafísico y sobrenatural aludido por muchos científicos, tanto los actuales como los del pasado, un elemento generado por un agente complementario del hombre, tal como lo es un electrón respecto de un protón, y ¿por qué no pudiera ser el ángel?

El mecanismo proponer-realizar constituye un ciclo completo, para el que hacen falta, tanto la existencia de una propuesta como la de su ejecución, y científicamente constituye una frecuencia vibratoria, cuya medida unitaria en la hipótesis cuántica es el quanto, definiendo a toda energía y unificando las teorías ondulatoria y corpuscular, al afirmar que la emisión de energía no se hace de manera constante, sino en oleadas o quantos, cuya correspondencia se produce al considerar los ciclos de propósitos y realizaciones, pues usamos del tiempo para proponer y realizar, del espacio en el que nos ubicamos y de la velocidad en la que ejecutamos una propuesta.

De lo que estamos hablando es de la relación espacio – tiempo, que se corresponde con la de propósito – realización, y que cuando se forma a velocidades por debajo de la de la luz, el espacio puede medirse de forma separada del tiempo, pero cuando la velocidad del movimiento se acerca, iguala o supera a la de la luz, ya no existe separación entre el espacio y el tiempo, sino que conforman esa constante universal a la que alude la teoría de la relatividad de Einstein, al espacio-tiempo sin separaciones, de ahí el principio de incertidumbre de Heisenberg.
Tengamos en cuenta que la velocidad del movimiento de las partículas atómicas que nos constituyen, es superior a la de la luz, parece pues, que tenga que ser el macrocosmos quien ha de adecuarse progresivamente al microcosmos, porque la evolución nace desde lo pequeño, desde lo más insignificante e imperceptible, tan imperceptible que es inmaterial para nosotros, aunque no lo es para el electrón, nace desde lo más recóndito de nuestro interior, místicamente diríamos que nace desde el corazón.

Cuando en un mismo tiempo existen muchos ciclos o quantos, significa que se es capaz de realizar muchas propuestas, con lo que la frecuencia vibratoria será alta, o será baja cuando suceda lo contrario.
Al ser alta la frecuencia, existen muchos contactos entre la energía espiritual de la voluntad, o Fohat, y la de la materia o Kundalini, lo que provoca una constante perturbación en el espacio, como consecuencia de que se están generando incesantemente campos magnéticos y eléctricos, lo que se manifiesta como radiactividad.

Sin embargo, cuando la frecuencia es baja, no existe tal perturbación, la radiación se manifiesta como fogonazos esporádicos, porque tardamos mucho tiempo en realizar una proposición, y tardaremos mucho tiempo en gestar otra.

De esta manera, los campos magnético y eléctrico se separan en el tiempo, y no pueden gestarse mutuamente, precisando de otros campos o influencias exteriores, lo que provoca el retraso temporal del proceso evolutivo individual, momento propicio para que penetren influencias externas en nuestras propias y, todavía, débiles estructuras.

Así que todo parece indicar que el principio consiste en pensar y decidir por sí mismos todo lo que vayamos a realizar, gestando proposiciones cada vez más espirituales, por lo tanto que contengan cada vez menos objetivos materiales, permitiendo que, estas realizaciones, se incorporen como actos del subconsciente humano y dejando en manos de otro agente, la acción de que sean ejecutadas aquellas propuestas, en manos del ángel.

La materia es a la fuerza gravitatoria como el espíritu lo es a la electromagnética, es decir, que el máximo valor de un campo gravitatorio se corresponde con la masa material que lo contiene, de la misma manera que el máximo valor del electromagnetismo, tiene su correspondencia con la máxima perfección de su propósito espiritual, cuya analogía es el núcleo del átomo, al que la ciencia considera como regente i directriz de la estructura atómica, por tanto de la materia.

Si al hombre le corresponde potenciar y perfeccionar la estructura nuclear, a otro agente le ha de corresponder hacer lo análogo con el orbital de electrones, para que al combinarse, se cree un nuevo mundo material de mayor hermandad, y ya hemos apuntado la hipótesis de que este otro agente pudiese ser el ángel, al que intuye la ciencia como un agente metafísico que, combinado con la intención humana, coopera en la estructura del mundo objetivo que percibimos.

A este agente se le trata de encontrar en el acelerador y colisionador de partículas, bajo el nombre de partícula de Dios o bosón de Higgs, cuya característica es la de conferir masa a la materia, por tanto le transmite la fuerza de la gravedad.

El problema de la teoría científica de la unificación, consiste en incorporar las fuerzas gravitatorias a las ecuaciones de las partículas elementales, en cuanto se intenta unificar lo que se conoce del macrocosmos con lo microcósmico, resulta que nada de lo científicamente conocido sirve.

Quizás el eslabón que falta tenga que ver con ese agente argumentado por la mística, como colaborador del hombre, e intuido por la ciencia, como el que permitiría hacer realidad la teoría de la unificación de fuerzas, esa a la que Einstein dedicó su vida sin poder resolverla y que, científicos actuales, están a un paso de enunciar, en cuanto encuentren el secreto de ese campo gravitatorio que se manifiesta como magnetismo y que ha producido otro campo eléctrico.

En este momento, se podría establecer una relación real, y no imaginaria, entre la energía espiritual de la voluntad y la energía material de la realización, entre Fohat, o Buda, y Kundalini o Cristo, es decir, entre el hombre y el ángel, cesando temporalmente la separación entre la ciencia y la creencia, y produciendo un nuevo renacimiento, que abarcará no solo a las expresiones artísticas en la materia, sino también a los sentimientos y a los pensamientos, por lo tanto, podrá constituir una auténtica revolución en el mundo de las ideas, y si ahora estamos hablando de ello, es porque ya comienza a ser una realidad, y toda realidad material ha tenido su principio en un núcleo atómico, que le corresponde al hombre, así como el orbital de electrones pudiera corresponderle al ángel, de esta manera, una realidad existente en lo sutil, acabará manifestándose como otra realidad en lo material, tal como las radiaciones alfa y beta para formar la gamma, y la realidad sutil ha de construirla primero el hombre, a continuación, el ángel hará lo mismo con la realidad material.



Eloy Millet Monzó
Noviembre 2009
www.analogias.es