Los otros, los demás y yo.
Todavía queda escarcha.
El aire expirado forma una nubecilla afanosa por reunirse con las diminutas gotas acuosas que bailan y se mecen, justamente, en la superficie del arroyo.
Ahora, me atrae la atención un vacío envase, orilleando.
A los pocos pasos, el chorro del vertedero de la fábrica, y lo nítido se torna opaco, tanto, que ya no se oyen trinos.
Unas decenas de metros a la derecha, la chimenea, y el aire pesa.
Ante mi dos opciones.
La inmediata, me indica que los otros contaminan, impidiéndome pasear complacido, porque la imagen que contemplo y deseo, cerrando los ojos, nada tiene que ver con esta. Son los otros quienes me producen rabia por lo que veo, impotencia por lo que no puedo hacer y deseo de denuncia, para que se conozca públicamente esto. Voy a comunicarlo a través de Internet e intentaré reunir firmas, además, convocaré una manifestación.
La otra opción, me recuerda a un profesor explicando la homotecia. Utilizaba sus manos delante de una bombilla encendida, y lograba proyectar, en la pared del aula, sorprendentes sombras que despertaban la imaginación, todavía inocente, en nuestras ansiosas e inquietas juventudes, aún con pantalón corto.
La moraleja de aquellas experiencias es que, un pequeño objeto proyectado sobre un plano, ofrece una imagen sin detalles, sin colores, ni olores, ni trinos, porque así es la sombra que vemos, pero se nos muestra tan grande, que atrae nuestra atención.
Es una oportunidad, en la que ese pequeño objeto delante de la lámpara soy yo, y la imagen del riachuelo y del aire contaminados ante mí, es la oportunidad agrandada, (o no me daría cuenta), de contemplar ese reflejo ensombrecido de los pequeños actos que entre todos, yo incluido, hacen de este entorno lo que estoy viendo.
Formo parte de los otros.
La rabia en contra del dueño de la fábrica, me genera deseos de venganza, de linchamiento, me hace regente de una justicia, la mía, a mi modo, porque yo no contamino. Así y de esta manera, participo de la guerra de otros, junto con las rabietas de los demás, sumadas, porque debe ser muy grande esa suma, tal como la imagen de la homotecia. Empero, al considerarla como la oportunidad real, no imaginada, de contemplar el efecto de lo que pienso, de lo que siento y de lo que hago, contemplo el entorno como un todo, del que formo parte y sin exclusiones.
Por lo que si pienso en establecer contienda contra la fábrica y contra el Ayuntamiento, excluyéndome, si siento deseos de recriminar a los otros, excluyéndome otra vez, y si actúo en contra de los demás, volviéndome a excluir, separo de mi al entorno, no aprovecho la oportunidad de la homotecia, que es real, vivo en continua lucha en contra de los otros y establezco normas para los demás.
Los otros, y los demás también, si hacen como yo, viven en un mundo imaginario en el que hay muchas justicias y diferentes actos comedidos, que como sus creadores, permanecen en lucha. Y su mundo es también el mismo que el mío.
Este es el mundo imaginario, no real, en el que los otros, los demás, y también yo, nos movemos y somos.
El real es esta oportunidad, en la que estos otros, los demás y yo, formamos un conjunto cuya imagen contemplo.
La realidad está en el reconocimiento de la estrecha relación y dependencia de los otros respecto de los demás, y de todos ellos conmigo.
La imagen real es pequeña, como los actos que haré, y aunque diminuta, contiene todo detalle.
La imagen de la homotecia, la que veo al pasear, es la imaginaria, es la que se proyecta en la pared, sin ofrecerme los detalles, porque es la sombra de la realidad, y la sombra es la que divide, ya que cada cual interpreta aquello que no ve, y a su manera.
De regreso a casa, separaré la botella de vidrio de los restos orgánicos y, al menos, intentaré silenciar los deseos de vapulear a alguien, porque, cuando hable con el dueño de la fábrica, prefiero que se haya consumido todo resto de rabieta, contenida físicamente, pero desatada en deseo y en pensamiento.
Así, quizás los otros, los demás y yo, permanezcamos unidos, en el mundo real, que es el mismo para todos, y no separados en otro mundo imaginado, que nos separa, porque cada cual lo reinventa a su modo, tanto los otros, como los demás, y también yo.
Eloy Millet Monzó
Noviembre-2009
www.analogias.es
28 de diciembre de 2009
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