-Debido a que se han trascendido las estructuras del propio individuo, ya resulta insuficiente la conciencia individual, por lo se empieza a desarrollar la conciencia grupal, y el servicio a la raza constituye una realidad vivencial, no una mera hipótesis, un concepto o un ansiado anhelo
-El hombre ha trascendido el por qué hacer y el cómo hacerlo, por lo que empieza el aprendizaje de “ser”, y su contacto con los ángeles le facilita este proceso
-El ángel, que se ha esforzado en hacer, deja de efectuar movimiento para “ser” y comienza a perfeccionar su tarea de cómo y por qué hacerlo, aprendiéndolo de los propósitos humanos
-El hombre aprende a ser de acuerdo a su entorno, no de acuerdo a su
individualidad, de ahí la impersonalidad que le caracterizará a partir de ahora, lo que se manifiesta como desapercibimiento, convirtiéndose en el “ser que no deja huella sobre la arena que pisa”
-Cuando las energías de los Rayos 1º y 7º consiguen funcionar conjuntamente, y lo hacen mediante la mutua atracción, producen una tercera energía resultante, cuyas mejores analogías son el magnetismo y la luz, símbolos del equilibrio, de la armonía y de la bipolaridad, características que definen a una cualidad suprema y que identifican la magnificencia de las consecuciones humana y angélica, es el Amor, esa energía que se manifiesta mediante el contacto entre los Rayos 1º y 7º, produciendo al 2º Rayo
-A partir de este momento, en el que el Amor es una realidad y no un anhelo, un deseo, una razón para meditar o un concepto, el movimiento se realizará siempre entre dos vórtices de energías, uno de polaridad positiva, en el que estará el hombre, y el otro negativa, en el que siempre encontraremos a un dispuesto ángel, y en el plano en el que existan estos dos centros energéticos, allá estará la conciencia, como resultado de la amistad entre el hombre y el ángel, constituyendo la más elevada expresión del Amor en dicho plano.
-Actualmente, es el reino vegetal el que mejor manifiesta la cualidad del Amor en su propio plano, con los aromas, los colores y los sabores
Una vez analizados los anteriores aspectos, pretendemos suscitar la curiosidad acerca de la similitud con respecto de los términos “padre”, “hijo” y “espíritu santo”, pues el “padre” coincide con las cualidades del Rayo 1º y de la voluntad, el “espíritu santo” con el Rayo 7º y la práctica ceremonial, así como que el “hijo” coincide con el resultado de la unión entre los dos anteriores, es decir, con el Rayo 2º y la cualidad del Amor, cuyo símbolo es la luz y cuya fuerza es el magnetismo, manifestándose como el equilibrio perfecto entre las fuerzas de atracción y las de repulsión, cuyo centro emisor y receptor se sitúa en el corazón, tanto si es el humano como si lo es el angélico, puesto que el hombre y el ángel tienen invertidas las polaridades de sus centros energéticos, y lo que en uno es de polaridad positiva, lo es negativa en el otro, sin embargo, ambos somos septenarios y bipolares en nuestra constitución, siendo el corazón, y en ambos casos de la misma manera, el centro que ostenta el equilibrio energético entre nuestros vórtices respectivos, de ahí, que el mejor amigo del hombre sea el ángel, así como que el ángel no tiene a un amigo mejor que el hombre.
Así, se habrán combinado la voluntad humana y la luz angélica, ambas sintetizadas a través del 2º Rayo, y expresadas mediante el 1º y el 7º Rayos.
Y para finalizar este apartado, un detalle numérico. La suma, es la operación matemática que puede generar a cualquier otra, ya que restar es sumar un número positivo y otro negativo, y la multiplicación y la división, son operaciones aritméticas que se resuelven combinando sumas y restas.
Así pues, tomamos a la suma como operación causal y, si sumamos las polaridades del hombre, utilizando la denominación oriental, resulta que 5 más 4 son 9, y repitiendo la misma operación con las del ángel, también 3 más 6 son 9, por lo que el número del hombre y el del ángel es el mismo, el nueve.
Además, al combinar las polaridades de uno y de otro, repitiendo la operación de la suma en todos sus números, hasta que se reduzcan a uno solo, resulta que la polaridad positiva humana atrae a la negativa angélica, es decir, el 4 más el 3 dan 7, y la negativa humana atrae a la positiva angélica, por lo que 5 más 6 son 11, sumando los resultados obtenidos, 7 más 11 son 18, y sumando sus dígitos, 8 más 1 son 9, ¡otra vez el 9!.
Por lo que considerados de manera individual, los números del hombre y del ángel coinciden en el 9, pero también son el 9 cuando se combinan entre ellos, con la diferencia de que, el hombre, tiende hacia el 9 desde la diversidad numérica, mientras que el ángel, inicia su camino desde el 9, hacia la diversidad.
Es expresar numéricamente lo que hemos estado argumentando, pues nuestra propia diversidad, se manifiesta en las diferentes iglesias, creencias y opiniones, y mientras atendamos a nuestra distinta naturaleza material, nos separaremos los unos de los otros y engendraremos violencia, ya que no estaremos combinando lo positivo con lo negativo, sino lo positivo con lo positivo y lo negativo con lo negativo, lo que nos provoca constantes cortocircuitos.
Este estado separativo, provocado por cortocircuitar dos polaridades iguales, tan solo ocurre cuando el hombre, o el ángel, actúan aislados, ya que si se combinan, la polaridad positiva del hombre es el 4 y la del ángel el 6, sumados dan 10 como resultado, y la negativa del hombre es el 5, que con la del ángel, que es el 3, dan 5 más 3 igual a 8 como resultado.
Sumando los resultados, 10 más 8 son 18, y sumando sus dígitos, 8 más 1… ¡de nuevo el número 9!
Y el hecho de que la polaridad positiva humana pueda combinarse con la positiva angélica, y que no haya reacción en contra, es decir, que no cortocircuiten, se debe a que las polaridades humanas tienen estructura material, mientras que las del ángel lo son inmateriales, y así solo puede haber atracción, lo que se manifiesta como hermanamiento y fraternidad.
Por lo tanto, la separatividad se corresponde con el aislamiento, con la negación que otorga la opinión y con la ausencia de una relación que permita escapar fuera de lo sectario, porque, cuando la relación se produce más allá del ámbito que le es propio al hombre y al ángel, no hay posibilidad de reaccionar en contra, sino a su favor.
Dicho de otra manera, si consideramos exclusivamente al ámbito humano, y lo separamos del resto, “no todos los caminos van a Roma”, pero si se desarrolla la capacidad de relacionar lo humano con lo angélico, lo material con lo inmaterial, se está desarrollando la conciencia, y entonces… “todos los caminos, y sin excepciones, conducirán a Roma”.
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